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viernes, 26 de diciembre de 2014

TEMBLANDO ESTABA DE FRÍO


Temblando estaba de frío
el mayor fuego del cielo,
y el que hizo el tiempo mismo
sujeto al rigor del tiempo. (...)
Su Virgen Madre le mira
ya llorando, ya riendo,
que, como es su espejo el Niño,
hace los mismos efectos.

No lejos el casto Esposo,
que, aunque estuviera muy lejos,
pensara que estaba cerca
de un hombre que es Dios inmenso,
mirándole está encogido,
y de los ojos atentos
llueve al revés de las nubes,
porque llora sobre el Cielo (...)
La Niña recién parida,
mil parabienes oyendo
de cielos, ángeles y hombres,
por el bien que los ha hecho,
al Niño que llora, dice:

«No más, mi dulce consuelo,
¡ea! No más, mi Jesús,
pues que no puede ser menos». (...)

Esto diciendo María,
sacó los virgíneos pechos,
a cuyos cielos más limpios
se humillaron nueve cielos.

Abrió el Niño Dios los labios,
y quedó colgado dellos,
como racimo de palma,
hasta que le vino el sueño.

Alma, si de ver a Dios
puesto de su Madre al pecho
no se te enternece el tuyo,
¿dónde está tu sentimiento?

Llora, sin temer que el Niño
despierte a tu llanto tierno,
que al son de fuentes de llanto
duerme Dios con más contento.

Más que la gloria que hoy
le cantan ángeles bellos,
estima de un hombre el llanto;
lloremos, alma, lloremos.
Lope de Vega (1612)