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jueves, 12 de julio de 2012

EL PRINCIPE Y EL PODER MAGICO.


Érase una vez en un país lejano un magnífico palacio donde vivían dichosos un rey y una reina con su hijo. Los tres se querían mucho y lo pasaban de maravilla juntos. El rey y la reina tenían mucho amor por el príncipe, y éste por ellos.

Dijo cierto día el padre:
—Hijo, voy a encargarte una misión muy importante que sólo tú puedes realizar.

—Padre —repuso el príncipe—, te quiero tanto que haré cualquier cosa que me pidas.
—Deseo que vayas al pueblo que hay al otro lado de las montañas y lleves a la gente de allí el amor y la alegría de que gozamos en nuestro palacio.

Al oír las palabras de su padre, el muchacho en un principio se entristeció, pues no quería dejar el palacio, donde era muy feliz. Sin embargo, el rey le prometió que podría regresar, y que al volver su felicidad sería aún mayor.

Cuando el príncipe se disponía a marcharse, su padre lo abrazó y le puso la mano sobre el corazón, diciéndole:

—Ahora que vas a partir, te concedo un poder mágico para transformar el corazón de las personas. Además, todo aquel a quien se lo entregues también podrá cambiar corazones.



El príncipe emprendió camino hacia la aldea situada del otro lado de las montañas. Allí encontró muchos niños, que reían, jugaban y parecían divertirse juntos. Pero después de observarlos y conversar con ellos, llegó a conocerlos mejor, y se dio cuenta de que en el fondo de su corazón tenían miedo. Aunque daban la impresión de ser felices, había en ellos cierto temor.

El príncipe reunió a sus nuevos amigos y comenzó a relatarles cómo eran sus padres y su palacio. Les habló de lo bien que lo pasaba allí, de las cosas tan interesantes que hacía y del gran amor que todos se tenían. Les dijo que un día ellos también podrían ir al palacio y disfrutar de sus maravillas.

Algunos no le creyeron.
—¡Bah! ¡Cuentos! —le decían—. ¡Ese sitio no existe! ¡No puede ser verdad! No tienes pinta de príncipe. Eres como cualquiera de nosotros.

No querían escuchar al príncipe y se burlaban de él.

Otros, sin embargo, sí le hicieron caso. Aunque nunca habían conocido un rey ni una reina ni un palacio de ensueño, prestaron atención a lo que les decía aquel joven.


Al ver el príncipe quiénes eran los que creían en sus palabras, les pidió que se acercaran. Luego le puso la mano en el pecho a cada uno diciendo:

—Mi padre me dio un poder mágico para transformar tu corazón. Como has creído mis palabras, te pongo la mano en el pecho y te concedo ese poder. Ahora tú también podrás cambiar corazones.
Cuando recibían el poder, desaparecía el temor que llevaban dentro. Dejaban de tener miedo. Se sentían contentos y felices, con ganas de ser buenos y amar a los demás, todo gracias a las palabras de su nuevo amigo.

Llegó el momento de que el joven príncipe volviera a su palacio. Llamó entonces a los que le habían creído y habían recibido su poder mágico:
—Cuenten a todas las personas que vean la historia del rey, la reina y su hijo, el gran palacio y la alegría que allí hay. Explíquenles que si creen las palabras de ustedes y reciben este poder mágico de transformar corazones, podrán ir a vivir para siempre al palacio, igual que ustedes.

El príncipe regresó a su casa y sus amigos empezaron a hablar con todos los niños que se encontraban. Les contaban la historia del rey, la reina, el príncipe y el palacio. Quienes les creían recibían muy contentos el poder mágico.



¿A ti también te gustaría recibirlo? Ese poder es el Amor, el Amor de Dios.

El rey es Dios, y el príncipe, Su Hijo Jesús. El palacio es el Cielo, un lugar sensacional.

¿Entiendes ahora este cuento?

El Padre —Dios— te quiere mucho, y Su Hijo Jesús también. Si crees en Dios, en Su Hijo Jesús y en Su amor por ti, ¡tú también recibirás ese poder y vivirás para siempre en el maravilloso y espléndido palacio del Cielo!


Para mostrar que crees, no tienes más que hablar con Dios, el Rey. Dile ahora mismo en tu corazón: «Te doy gracias, Dios, por enviar a Tu Hijo Jesús para darme a conocer Tu Amor. Lo recibo con los brazos abiertos. Quiero vivir por siempre contigo en Tu palacio celestial. Perdóname todas las cosas malas que he hecho. A partir de ahora, ayúdame a emplear el poder mágico, el Amor de Jesús, para hacer el bien y amar a los demás. ¡Amén!»

Si haces esa oración, si dices esas palabras, Jesús entrará a tu corazón y tu vida y nunca te dejará. Un día te irás a vivir para siempre al palacio celestial del Rey, la Reina y Su Hijo Jesús, tu amigo.

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