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domingo, 3 de marzo de 2013

Yo estuve en misa.

   

   El domingo tercero de cuaresma ofrece muchos puntos para nuestra meditación: el diálogo entre Dios y Moisés, el recuerdo de la infidelidad de Israel en el desierto y los acontecimientos dramáticos en tiempos de Jesús. La clave que los une se encuentra en el salmo responsorial, que nos invita a proclamar: “El Señor es compasivo y misericordioso”.

   Efectivamente, Moisés había pretendido liberar a su pueblo. Pero la violencia no era el modo adecuado. Huido en el desierto, trata de olvidar a su agente y su propio arrebato. Pero Dios no ignora el dolor y la opresión que sufren los esclavos. Dios se acuerda de ellos. Dios ha visto a su pueblo y ha oído su lamento. Su palabra es promesa de salvación.

   La compasión y misericordia de Dios con relación a los hebreos marcan el camino que ha de seguir Moisés. La escucha de la fe, exige el compromiso concreto a favor de los humillados. Moisés ha de abandonar su tranquilidad y volver cerca de su gente, como un enviado por el Dios de la liberación y de la esperanza (Éx 3, 1-15).
PEREGRINOS Y OBREROS

   El evangelio de Lucas nos presenta en este domingo tercero de Cuaresma unos hechos que solemos olvidar con frecuencia. Unos peregrinos galileos fueron masacrados en Jerusalén por orden de Pilato. Y, por el mismo tiempo, unos obreros murieron aplastados por el derrumbe de una torre junto al estanque de Siloé (Lc 13, 1-9).

   Las gentes debieron de juzgar aquellos sucesos de acuerdo con la interpretación habitual que considera que los males físicos corresponden a la maldad moral de las personas. Nosotros seguimos pensando del mismo modo. Cuando sucede una catástrofe, solemos preguntarnos: “¿Qué mal habían hecho éstos para morir de ese modo?”

   Pero Jesús desconecta esa presunta relación de causa a efecto. Según él, las desgracias no siempre atrapan a los más culpables. Si fuera así, muchos de sus oyentes habrían sido alcanzados por el derrumbe de la torre. Jesús no se fija ni en las apariencias ni en los prejuicios. Sabe que todos somos pecadores y a todos nos exhorta a la conversión.

LA HIGUERA Y EL PERDÓN

   Pero junto a las noticias de crónica diaria, Jesús añade una pequeña parábola: la de la higuera estéril. El dueño ha decidido arrancarla, pero el viñador intercede por ella. Si las noticias nos acusan como pecadores, la parábola nos ofrece la esperanza del perdón.

• “Señor, déjala todavía este año”. Nuestro pecado comporta siempre la esterilidad de la vida. Éste es el tiempo para el reconocimiento humilde de nuestros pecados. Este es el tiempo para la esperanza.

• “Yo cavaré alrededor…a ver si da fruto”. La esperanza no es una virtud ociosa. No puede llevarnos a la evasión ni a la pereza. Exige de nosotros un esfuerzo. La conversión requiere el trabajo del cultivo.

• “Si no, el año que viene la cortarás”. De todas formas, la esperanza del perdón tampoco puede llevarnos a la irresponsabilidad. El fracaso no es una fatalidad, pero es siempre una posibilidad pendiente.