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domingo, 23 de diciembre de 2012

CARTA DE SAN JOSÉ.


¡Llegó carta de San José antes de Navidad!

Jerusalén celestial, 
domingo sin ocaso –antes de la Parusía-
Queridos hijos:
¿Cómo están? Espero sinceramente que muy bien.
Tal vez les sorprenda un poco que les escriba. En realidad no estoy escribiendo yo: le pedí a Lucas –que es un maestro en esto- que me de una mano.
Quería comunicarme con ustedes para contarles de mi angustia por estos días, y para confiarles algunas cosas de mi experiencia que les pueden ayudar.


Ustedes dirán: ¿cómo, José, angustiado? ¿no es que en el Cielo es todo felicidad?
Sería muy largo de explicar, pero es que en el Cielo no estamos "aislados" de la tierra. Seguimos paso a paso el transcurso de la historia. Y sabemos que en la tierra es mes de diciembre, y que se aproxima la fecha en que se celebra, desde hace siglos, la Navidad.
Para nosotros es una enorme alegría saber que muchos –millones, gracias a Dios- van a vivir esa fiesta con una intensidad espiritual impresionante. Nos regocija el amor de tantas almas consagradas, de tantos jóvenes, de familias enteras para quienes esta fiesta será realmente un momento de Gracia.
Pero no se imaginan cuanto dolor me produce pensar cuántos van a vivir estos días ¡sin saber ni recordar qué están haciendo! No se imaginan cuánto dolor produce ver –como vemos nosotros- que preparando la Navidad va mucha más gente al Shopping y a la Peatonal que a los templos...
Por acá intentan consolarme diciéndome: “José, tal vez son paganos, no conocieron a Jesús… tal vez sean musulmanes…” ¡Pero no! Le pregunté a Pedro, que lleva las “estadísticas” con envidiable precisión, y me confirmó quemuchos cristianos… se comportan igual que los paganos para estas fechas.
No puedo entender como la gente anda enloquecida comprando comida y más comida… No puedo entender a los cristianos corriendo comprando tecnología, llegando a endeudarse para no quedar atrás… No puedo entender como la gente anda gastando fortunas comprando ropa o calzado para la Nochebuena… No puedo entender –esto me entristece mucho- que muchos terminen borrachos en la fiesta que celebra el nacimiento de Jesús…

Por eso les quiero contar cómo vivimos con María esa noche bendita.
En la cueva de Belén no había guirnaldas, ni luces de colores… yo pude improvisar para las noches una especie de antorcha, nada más…
María y yo estábamos vestidos como siempre, con nuestra ropa habitual, sucia y desprolija por el largo viaje y porque ni siquiera habíamos tenido oportunidad de descansar adecuadamente en un lugar un poco más humano…
Llegamos muy cansados y estábamos un poco dolidos porque mis familiares no quisieron recibirnos –su casa estaba llena, me dijeron-…
Pero todo eso quedó de lado cuando el niño nació. De una manera inexplicable, que ni María pudo comprender –ni ahora en el Cielo comprende-
Hijos: yo fui siempre fuerte, recio. Nunca hasta entonces había llorado.
Pero cuando vi por primera vez su rostro, cuando escuché por primera vez su llanto y su manito me acarició el rostro, comencé a llorar como un niño.
Y caí de rodillas, y no tengo idea de cuanto tiempo pasé así: mirándolo, adorándolo, atraído de forma irresistible por su pequeñez y su indefensión.
¡Dios con nosotros! ¡Dios hecho niño! ¡Dios débil e indefenso! ¡Dios acariciándome, llamándome con su llanto! ¡Dios necesitando de mí!
Me enteré cuando llegué al Cielo que ese estado en que estaba yo se llamaba éxtasis… les aseguro que hubiera permanecido así, contemplando al Niño y a María, días enteros, si no hubieran llegado en ese momento los pastores…
¡Oh, si ustedes hubieran escuchado alguna vez el canto de los ángeles, de esa noche! Ahora estoy acostumbrado, pero allí… fue increíble.
Esa noche no comí, y creo que tampoco María, ni siquiera de lo que nos trajeron los pastores. Era tan fuerte la emoción, me latía tan fuerte el corazón, que casi me sentía desfallecer de felicidad. Era como una alegría que parecía querer hacer explotar mi pecho.

¡Ay, cómo me duele ver que muchos cristianos, para obtener “diversión” –opaco y falso sucedáneo de la verdadera alegría- necesitan tomar alcohol o excederse en todas las cosas, para tener –aunque sea a costa de su salud física y espiritual- experiencias intensas!

Espero que esto que les cuento les sirva. Me contó Jesús que él quiere regalarles a todos –a todos- una alegría como la que experimenté yo aquella noche. Sólo tienen que disponerse, con la oración y la contemplación, y celebrar la Eucaristía en Navidad con fe verdadera y deseos de amarlo y servirlo… y la alegría del cielo, y el canto de los ángeles, invadirá su corazón.
Los quiero mucho. Les manda saludos su Madre. ¡Feliz Navidad!

José de Nazareth
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